El buen cine tiene ese poder de contar en un rato lo que se subraya en un manual, lo que resume la experiencia de años de un profesional, lo que aporta la realidad cotidiana, lo que pasa por la cabeza, lo que expresa un rostro, y lo que va en el ADN de una profesión entera. La síntesis sublime del séptimo arte.

Conversaciones ha inaugurado su cuarta edición con el preestreno para periodistas de La Verdad, dejando que la pantalla hable, sugiera y despierte la reflexión para este nuevo curso, en el que la responsabilidad ética y social del periodismo será la almendra del estudio, el análisis, el diálogo, y las propuestas que pretende aportar este foro de profesionales y para profesionales de la comunicación.

 

Una receta complejamente sencilla

La Verdad es eso. Un mix de clase magistral, de conversación sobre principios del bar de al lado de la redacción, de debate entre copas, de citas de románticos de la profesión, y de los aburguesados, de la vida real que late entre las cuatro paredes de un medio, de radiografía, de diagnóstico, de pastillas contra la indiferencia, de desfibrilador, de vacuna, de revolcón al escéptico, de fe, de respeto, de realismo, sin olimpos, sin dioses.

Robert Redford y Cate Blanchett nos cuentan de manera magistral lo extraordinario y lo ordinario de una profesión que cambia el mundo, mientras come basura; que saca el bisturí, mientras se desangran sus nóminas, y que va de frente, mientras está de vuelta.

La lección de La Verdad es multimedia, multiformato, multiexperiencial, y multiópticas. El director James Vanderbilt (guionista de Zodiac) pone la cámara a 360 grados y mete en su paella ingredientes que los periodistas se conocen de memoria. O de teoría.

Sobre una base de principios (el detonante de la curiosidad permanente, la necesidad y la responsabilidad de hacer todas las preguntas, el papel social de los medios, la ilusión profesional, la contrafuerza del sistema, y el primer mandamiento de la ley, buscar la verdad bajo las piedras sin temor -o pese a él- de acabar apedreado con la dureza de la hipocresía más cercana), Vanderbilt guisa a fuego lento, a ritmo intenso, a huella honda.

 

Mentiras reales

Entre plano y plano, él y unos actores de redacción con glamour, remueven la cuchara buscando en La Verdad esas mentiras reales como la vida misma: el vacío de los jefes que no saben ser periodistas, el respeto a la dignidad de las fuentes, el periodismo-buitre de las cámaras detrás de las ventanas del salón, el muro del silencio de las Administraciones, el bumerán de los culpables con poder, la invasión del horario laboral de 24 horas, la precariedad, las mayorías acomodadas en la redacción…

La paella de Vanderbilt incluye homenajes discretamente sublimes a la conquista de una exclusiva, a la motivación del profesional, a la complicidad entre los que se creen su gremio, a la cotidianidad del buen trabajo, al ambiente de equipo, al tiempo de cabeza que ocupa ser periodista…

La Verdad tiene también su punto de ITV: ¿Contrastamos bien? ¿Estamos obsesionados con culpar siempre al más fuerte? ¿Nos creemos siempre a ciegas al más débil? ¿Qué podemos hacer para evitar el separatismo clasista entre las direcciones y las redacciones? ¿Soy el jefe del bigote, del ordeno y mando, de la autoridad, o el jefe del prestigio y el primer defensor de mi gente? ¿Sé dejar en el felpudo de mi casa el caso abierto? ¿Lucho hasta el final, con educación, por un bien que no sea sólo tener razón? ¿Sé defender a mis fuentes? ¿Trato bien a la gente, o las uso como instrumentos informativos, como un pendrive con datos? Y decenas de preguntas más, que serán centenares si vemos la película por segunda vez. Porque esta película hay que verla más.

Preguntas. Esa es la cuestión. Hacerlas. Y, antes, hacérselas a uno mismo.

 

 

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Viaje a las tripas del periodismo

La peli de Vanderbilt en la que Redford, Blanchett y su 60 segundos bordan una lección básica de periodismo no es un cuento de Hollywood. Es una historia real. También por eso, hacer play sobre este film es abrir la caja de pandora sobre la responsabilidad de los medios de comunicación: sus derechos y sus deberes. Su ética. Su vocación social. Ese es el empeño de Conversaciones para este curso: un viaje por las tripas, con estómago, con epidermis, con boca.

Gracias a DeAPlaneta, la distribuidora de esta película que se estrena hoy en los cines de España, decenas de periodistas (de redacción, de aulas universitarias, de academia, de siempre…) asistieron a esta conferencia en pantalla gigante. Vimos, entre muchos otros profesionales, a Alfonso Armada (ABC), Covadonga Oshea (ex directora de Telva), Gonzalo Fernández Iglesias (EFE), Javier Llano (Cadena 100), Faustino Catalina y Carmen Labayen (COPE), José María Clemente (Canal +), José Apezarena (El Confidencial Digital), Javier Aznar (Jot Down), Juan Peces (Contexto), Ignacio Labarga (Marca Plus), Pilar Urbano (Planeta), Rafa Sahuquillo (Radio Marca), Manuel Ventero (RTVE), José Manuel González Huesa (Servimedia), Gabriela Bustelo (Vozpopuli) o Mayte Pascual (TVE). Prensa. De papel. Digital. Radio. Televisión. Agencias. Un poco de todo. Un mucho de periodistas.

[Tweet “Si fuera director de un periódico, me plantearía ver esta película con la redacción”]

Ganas. Silencio. Se piensa. Aplausos. Silencio. Se sale. Se masca. Esos han sido los pasos comunes antes, durante y después de la proyección. Ahora se abre la veda. Arranca la IV edición de Conversaciones con la fuerza del cine, pero, sobre todo, con el tsunami de vocaciones de periodistas como la copa de Redford. Como la interpretación de Blanchett.

Si yo fuera Vanderbilt haría una cuenta de Twitter con las frases redondas del guión. Seguro que le salen 365.

Si fuera de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, la de los Oscar, mimaría a Blanchett.

Si fuera de la CBS, abriría una contrainvestigación. Si fuera de la RAE, aprobaría contrainvestigación como palabra unificada. Tiene mucha más fuerza.

Si fuera una televisión española, repasaría a mi equipo de investigación y mi personal de informativos.

Si fuera director de un periódico, me plantearía ver esta película con la redacción.

Y si fuera periodista –que lo soy- no me perdería ningún producto Conversaciones. Porque suben la moral sin necesidad de tirar de minibar…

Por cierto: mucho más saludable este periodismo que ya no fuma…

 

Álvaro Sánchez León

 

Preestreno de "La Verdad"