Cuando un tema toma posesión de nuestras vidas, aparecen por las esquinas sucesos y comentarios que se refieren a ello: las embarazadas ven barrigas y cochecitos de niño por todas partes; el que se enfrenta a sus primeras gafas progresivas descubre que ya las usaban un 80 % de sus vecinos y compañeros; y quien debe comprarse un coche nuevo tiene la impresión de que casi toda la publicidad ha pasado a centrarse en los automóviles. Otras veces ocurre lo contrario, que la consciencia viene de fuera hacia dentro: lees sobre un tema, te lo encuentras en la calle y empiezas a ser receptivo a esa faceta de la vida que antes no habías observado.

Es lo que me ha ocurrido en este mes de mayo respecto a los directores de periódicos, que he tomado conciencia, por acumulación, de algo que comenzó a finales de enero. El campanazo de la salida de Pedro Jota de la dirección de El Mundo lo vi como algo excepcional: el ¿pen?último capítulo de la trayectoria de este periodista singular y poderoso que ha encarnado la historia de dos periódicos durante toda la vida de la democracia española, y que hizo realidad su juramento de odio eterno a los que le apartaron de su Diario 16.

Pocos días después, también El País anunciaba cambio de director, esta vez sin alharacas ni traumas aparentes –aunque algunos han querido ver un cambio de tendencia-: Javier Moreno seguía en PRISA como coordinador de contenidos para todas sus ediciones y Antonio Caño tomaba el relevo in pectore, con dos meses largos por delante hasta su investidura el 4 de mayo para muñir bien su programa y equipo.

Pero solo fue el miércoles 14 de mayo, día en el que cayeron las directoras –la primera mujer directora en ambos casos- de dos de los periódicos más importantes del mundo occidental –dimitió Natalie Nougayrède, de Le Monde, y fue cesada Jill Abramson, de The New York Times-, cuando me puse a leer sobre los cambios de directores de periódicos y descubrí que en los últimos años han caído como moscas sin que yo reparara en ello, bailando los cargos al son de los frecuentes cambios de propiedad y accionariado en los grupos de comunicación.

Y, aunque detrás de cada dimisión o cese se pueden descubrir –incluso inventar- multitud de razones personales y empresariales, cuanto más leo al respecto, más común se hace la presencia de dos factores que han venido a complicar la ya difícil figura del director de periódico. Si antes era la persona que debía guardar un equilibrio por definición inestable entre el mundo interesado de la empresa y el a priori independiente de la redacción, ahora, debido a la crisis económica y a la evolución tecnológica, se convierte en un auténtico funámbulo de cuya barra de equilibrista cuelgan dos pesos peligrosos: las profundas e ineludibles reestructuraciones de todas las redacciones por la transición digital, con los conflictos laborales consiguientes; y el crecimiento de la publicidad disfrazada de contenido informativo, tentación irresistible ante la necesidad perentoria de financiación.

Para afrontar esta responsabilidad polifacética, algunos periódicos proponen la dirección múltiple (Le Monde optó claramente por la bicefalia, mientras que El País mantiene la opción del director individual con un amplio equipo de directores adjuntos y subdirectores), pero no hay que olvidar que la tensión del equilibrio persiste y que la carga compartida no distribuye por sí sola las presiones en los puntos adecuados de la barra.

Dolores Alonso Abad

Fotografía: Krzysztof Mizera. Wikimedia. “Hombre cruzando el río”, escultura de Jerzy Kedziora en Bydgoszcz (Polonia)