Se estrena hoy Snowden, un interesante biopic sobre el joven empleado de la CIA que sacó a la luz el espionaje masivo que realizaba el gobierno de los Estados Unidos con la excusa de la seguridad y la persecución del terrorismo después del 11-S.
A Edward Snowden ya lo habíamos visto en pantalla grande hace dos años, en Citizen Four, un documental premiado con un Oscar y dirigido por Laura Poitras. El material que manejó Poitras era excepcional ya que, junto con el periodista de The Guardian, Glenn Greenwald, fue una de las pocas personas que tuvo acceso completo a todo el material filtrado por Snowden.
En este Snowden encontramos parte de los hechos reales, y contados en Citizen Four, pero pasados por el filtro de la ficción y por el filtro de Oliver Stone. El veterano cineasta ha dedicado una parte importante de su carrera al cine político. Stone nunca ha sido un cineasta ideológicamente neutral: por tanto, sabemos, de partida, que su visión de Snowden rozará la hagiografía, como así es.
Sabemos también que su cine político –quizás JFK sea la excepción que confirma la regla– tiende a ser plomizo. Como así es también en esta ocasión. Pero una vez colocadas estas dos vendas –la película peca de hagiográfica y le falta garra y ritmo–, hay que decir que es un thriller interesante que se ve bastante bien.
En primer lugar, porque la historia de Edward Snowden es apasionante y aquí está bien contada: se entienden los hechos, se entienden las motivaciones del joven e incluso se entienden –y no es difícil compartirlas– las intenciones del director. En segundo lugar, porque la interpretación de Joseph Gordon-Levitt es magnífica. Y es magnífica por contenida, por ajustada, por poco sobreactuada. Es un Snowden creíble, casi de documental.
Excepto en algunos momentos, y quizás con la excusa de acentuar la relación de Edward Snowden con su novia, una relación que a Stone le parece clave en la psicología del joven consultor tecnológico, la película se mantiene casi siempre en un tono de thriller político-periodístico que le sienta bien.
De todas formas, y al margen de la dramatización de la historia, hay una clara diferencia entre Citizen Four y Snowden y es el protagonismo de los medios. En Citizen Four son, junto al agente de la CIA, los protagonistas de la historia. En el Snowden de Stone, los medios de comunicación –aunque lógicamente aparezcan- no son ni siquiera un personaje secundario: se quedan en extras.
Citizen Four es, en realidad, una larga conversación con el joven Edward Snowden que revela, por una parte, los móviles que le impulsaron a robar la información y, por otra, las razones para filtrar esa información a los medios. Hay un momento que Snowden confiesa que no conoce cómo funcionan los medios pero sí que es consciente de que los periodistas profesionales sabrán seleccionar y poner en valor esa cantidad de datos que el Gobierno está recogiendo sin que los ciudadanos lo sepan.
En ese sentido, hay en Citizen Four una clara defensa del papel de los medios y de su responsabilidad, también para no publicar aquellas noticias que pudieran poner en peligro la seguridad de los Estados o las personas.
En Snowden, sin embargo, se echa de menos una presencia más acentuada de la vertiente periodística del caso. Stone se centra tanto en elogiar al personaje que se olvida de los medios, que también arriesgaron, y mucho, para sacar la verdad a la luz.
Quizás en esto tienen algo que ver las críticas que, tanto el director como Joseph Gordon Levitt, han vertido en la promoción del film hacia algunos medios por “desdibujar” la figura de Snowden. “Los medios han trasladado una imagen inexacta de Snowden. Si nos fijamos en la forma en que los medios estadounidenses han contado su historia realmente solo hay una versión, ya sea viendo la Fox, la CNN o MSNBC”, señala Gordon Levitt. Similar opinión mantiene Stone. Los dos llegan a acusar a los medios de “demonizar” al personaje.
Visto desde la otra orilla, donde, desde luego, los medios no han demonizado al joven y donde, al contrario, han servido como altavoz de su causa, estas críticas resultan curiosas. Sin la ayuda de los medios, y sin excluir el lógico y saludable debate sobre su actuación, Edward Snowden sería solo un chico que escondió un chip en un cubo de Rubik. La “hazaña” hubiera acabado ahí. Snowden lo sabía. Ahora solo falta que Oliver Stone se entere.
Ana Sánchez de la Nieta | @AnaSanchezNieta






